Acababa
de empezar a nevar cuando Joey salió por la puerta de atrás. Como sabía que
chirriaba, la acompañó con cuidado hasta oír que se cerraba. Se había acordado
de coger los guantes, e incluso de ponerse el gorro de esquí azul. En lugar de
las botas, se calzó las zapatillas de baloncesto. Eran sus favoritas.
Nadie
lo vio salir.
La
madre y el padrastro estaban en el estudio. Sabía que discutían por él, porque
siempre que lo hacían hablaban en voz baja y usaban ese mismo tono nervioso y
susurrante.
Creían
que él no se daba cuenta.
Su
madre había horneado un pavo con guarniciones de todo tipo. Durante la cena
estuvo hablando con alegría, con demasiada alegría, de lo bonito que era pasar
Acción de Gracias solo con la familia. Donald bromeó sobre los restos de la
cena y se jactó de la tarta de calabaza que él mismo había preparado. También
habían tomado salsa de arándanos y mantequilla de la buena, con unos cruasanes
pequeños y esponjosos que doraron al horno.
Había
sido la peor comida de su vida.
Su
madre no quería que tuviera problemas. Quería que fuera feliz, que le fuera
bien en el colegio y que saliera a jugar al baloncesto. En definitiva, que
fuera normal. Esa era la expresión que su madre le había dicho en voz baja y
angustiada a su padrastro. «Solo quiero que sea normal.»
Pero
él no era normal. Joey suponía que su padrastro de alguna forma lo entendía, y
por eso discutía con su madre. No era normal. Era un alcohólico, igual que su
padre.
Y
su madre decía que el padre era un indeseable.
Joey
comprendía que el alcoholismo era una enfermedad. Comprendía lo que era la
adicción y que no tenía cura, solo un período de recuperación continuo. También
sabía que había millones de alcohólicos, y que era posible ser uno de ellos y
llevar la vida normal que tanto quería su madre para él. Requería aceptarlo,
esforzarse y cambiar. Pero a veces se cansaba de hacer el esfuerzo. Y si le
decía a su madre que estaba cansado, ella se enfadaría.
También
sabía que el alcoholismo podía heredarse. Él lo había heredado de su padre,
como también había heredado aquello de ser un indeseable.
Salió
de su pulcro y agradable barrio, donde las calles permanecían tranquilas. Los
copos de nieve ondeaban en los haces de luz de las farolas como las hadas de
los cuentos que su madre le leía años atrás. Se veían las ventanas iluminadas
donde las familias compartían la cena de Acción de Gracias o descansaban frente
al televisor después del copioso banquete.
Su
padre no había ido a verle.
Tampoco
había llamado.
Joey
pensó que entendía por qué su padre ya no lo quería. Él le recordaba a la
bebida, a las peleas, a los malos tiempos.
La
doctora Court le dijo que él no era el culpable de la enfermedad de su padre.
Pero Joey imaginaba que si este le había transmitido la enfermedad a él,
también era probable que él se la hubiera pasado a su padre.
Recordó
estar estirado en la cama, sabiendo que era tarde, y oír a su padre gritar con
esa voz espesa y grotesca que se le ponía cuando bebía mucho.
—En
lo único que piensas es en el niño. Nunca piensas en mí. Desde que lo tuvimos
ya nada es lo mismo.
Luego
lo oía llorar, sollozos estentóreos que de alguna manera eran peor que la
cólera.
—Lo
siento, Lois. Te quiero, te quiero tanto... Es que estoy muy agobiado. Esos
cabrones del trabajo nunca me dejan en paz. Si Joey no necesitara unos zapatos
nuevos cada dos por tres, mañana mismo los mandaría a la mierda.
Joey
esperó a que pasara un coche a toda velocidad, luego cruzó la calzada y se
dirigió al parque. La nieve caía en copos gruesos, como una cortina blanca
zarandeada por el viento. El aire helado le había enrojecido las mejillas.
Antes
pensaba que si no hubiera necesitado zapatos nuevos, su padre no habría tenido
que emborracharse. Luego se dio cuenta de que sería más fácil para todos sin
él. Así que a los nueve años escapó. Pasó miedo porque se perdió, oscureció y
se oían ruidos. La policía lo encontró al cabo de unas horas, pero a Joey le
parecieron días.
Su
madre lloraba y su padre lo estrechó entre sus brazos. Todos hicieron promesas
con la intención de cumplirlas. Y las cosas mejoraron, durante un tiempo. Su
padre fue a Alcohólicos Anónimos y su madre reía más a menudo. Esa fue la
Navidad que a Joey le regalaron la bicicleta y pasó horas con su padre
corriendo al lado, agarrándole el sillín con la mano. No lo dejó caer ni una
sola vez.
Sin
embargo, justo antes de Pascua su padre empezó otra vez a volver tarde a casa.
Su madre siempre tenía los ojos enrojecidos y ya no reía. Una noche, su padre
viró demasiado al aparcar el coche en la entrada y no vio la bicicleta. Entró
en casa gritando, y Joey se despertó entre improperios y acusaciones. Quería
levantarlo y sacarlo a la calle para que viera lo que había provocado con su
negligencia. Pero su madre se interpuso.
Aquella
fue la primera noche en que oyó cómo le pegaba.
Si
hubiera dejado la bicicleta a un lado en vez de soltarla en el césped, al lado
de la entrada, su padre no la habría arrollado. Y entonces no se habría
enfadado tanto. No habría pegado a su madre ni le habría dejado un ojo morado
que ella trataba de ocultar con maquillaje.
Aquella
también fue la primera noche que Joey probó el alcohol.
No
le gustó el sabor. Le quemó los labios y le revolvió el estómago. Pero después
de darle tres o cuatro tragos a la botella, se sentía protegido por una fina
pantalla de plástico. Ya no tenía ganas de llorar. Volvió a la cama con un
zumbido agradable y tranquilizador en la cabeza. Y se durmió al instante, sin
soñar nada.
Desde
aquella noche, siempre que sus padres se peleaban, Joey utilizaba el alcohol como
anestésico.
Luego
llegó el divorcio como terrible culminación de la escalada de peleas, gritos e
insultos. Un buen día su madre fue a buscarlo al colegio y lo llevó en coche a
un apartamento pequeño. Allí le explicó, con tanta tranquilidad como pudo, por
qué dejaban de vivir con el padre.
Joey
se avergonzó, se avergonzó horriblemente, porque se alegraba.
Empezaron
una nueva vida. Su madre volvió a trabajar. Se cortó el pelo y dejó de llevar
el anillo de casada. Pero Joey seguía advirtiendo el delgado círculo de piel
blanca que la alianza había cubierto durante más de una década.
Aún
recordaba la mirada ansiosa y suplicante de su madre mientras le explicaba lo
del divorcio. Tenía tanto miedo de que él la hiciera responsable que justificó
aquella decisión que la sumía en la culpa y la incertidumbre diciéndole aquello
que ya sabía. Pero oírlo de su boca hizo añicos la única y débil defensa que a
Joey le quedaba.
También
recordaba perfectamente el llanto desesperado de su madre la primera vez que
encontró a su hijo de once años borracho al llegar del trabajo.
El
parque estaba en silencio. La nieve había cuajado en una capa blanca, fina y
consistente. En una hora sus huellas habrían desaparecido. Joey pensó que era
mejor así. Copos grandes y suaves se descolgaban de las ramas de los árboles y
reposaban sobre los arbustos, frescos y brillantes. También se derretían en su
rostro y le dejaban la piel húmeda, pero no le importaba. Se preguntó, aunque
solo fugazmente, si su madre habría ido ya a la habitación y descubierto su
ausencia. Le daba pena decepcionarla, pero sabía que así facilitaría las cosas
a todo el mundo. Empezando por él mismo.
Esa
vez no tenía nueve años. Y tampoco tenía miedo.
Había
asistido a las reuniones de Alateen y Alanon con su madre. Pero no tuvieron
ningún efecto sobre él. No lo permitió, porque no quería admitir que le
avergonzaba ser como su padre.
Luego
apareció Donald Monroe. Joey quería alegrarse de que su madre volviera a ser
feliz, pero se sentía culpable por aceptar tan fácilmente un sustituto del
padre. Su madre volvía a ser feliz y él se alegraba, porque la quería mucho. En
cambio su padre estaba cada vez más amargado, y eso le entristecía, porque
también a él lo quería mucho.
Su
madre se casó, cambió de nombre, y Joey y ella dejaron de llevar el mismo. Se
mudaron a una casa de un barrio acomodado. La habitación de Joey daba al patio
trasero. El padre se quejaba del pago de la manutención.
Cuando
empezó la terapia con Tess, Joey tenía como misión emborracharse todos los días
y empezaba a contemplar la idea del suicidio.
Al
principio no le gustaba ir. Pero ella no lo atosigaba, ni lo presionaba, ni
tampoco fingía comprenderlo. Se limitaba a hablar. Cuando Joey dejó de beber,
ella le regaló un calendario que llamó «el calendario eterno», uno que podría
utilizar siempre.
—Hay
algo de lo que puedes estar orgulloso hoy, Joey. Y cada día, cuando te levantes
por la mañana, tendrás algo de lo que estar orgulloso.
A
veces, la creía.
Ella
nunca le dirigía esa fugaz mirada de recelo cuando entraba en la consulta, esa
mirada típica de su madre. La doctora Court le había dado el calendario y
confiaba en él. Su madre, no obstante, aún parecía esperar que la decepcionara.
Por eso lo había cambiado de colegio. Y también por eso no le dejaba salir con
sus amigos.
«Harás
nuevos amigos, Joey. Solo quiero lo mejor para ti.»
Lo
único que quería era que no fuera como su padre.
Pero
sí lo era.
Y
si algún día, cuando fuera mayor, tuviera un hijo, sería igual que él; una
historia de nunca acabar. Era como una maldición. Había leído algo sobre las
maldiciones. Pasaban de generación en generación. A veces podían exorcizarse.
Uno de los libros que guardaba bajo el colchón explicaba la ceremonia para
exorcizar al demonio. Una noche que su madre y Donald habían ido a una cena de
negocios la llevó a cabo paso a paso. Al acabar, sintió que nada había
cambiado. Aquello fue la prueba de que la maldad, el indeseable que albergaba
en su interior, era más fuerte que la bondad.
A
partir de ese momento empezó a soñar con el puente.
La
doctora Court quería llevarlo a un lugar donde comprendían a las personas que
tenían sueños sobre la muerte. Encontró los folletos que su madre había tirado;
parecía un lugar agradable y tranquilo. Joey los guardó, porque le consideró
mejor que ese colegio nuevo que tanto odiaba. Casi se había armado de valor
para hablar de ello con la doctora Court cuando su madre le anunció que ya no
era necesario que fuera a verla.
Él
quería ver a la doctora Court, pero su madre le respondía con esa sonrisa
nerviosa y resplandeciente.
Ahora
estaban en casa discutiendo por eso, discutiendo por él. Siempre era por su
culpa.
Su
madre iba a tener un bebé. Ya estaba eligiendo los colores para la habitación
del niño y decidiendo el nombre. Joey pensó que sería divertido tener a un bebé
en casa. Se alegró cuando Donald le pidió ayuda para pintar la habitación.
Más
tarde, una noche, soñó que el niño estaba muerto.
Quería
explicárselo a la doctora Court, pero su madre le dijo que ya no necesitaba
verla.
La
superficie del puente resbalaba a causa de la capa de nieve. Las huellas de
Joey eran agujeros largos e indefinidos. Oía el ruido del tráfico bajo el
puente, pero se dirigió al lado que daba al arroyo y a los árboles. Llegar a
esa altura, por encima de los árboles, con el cielo tan oscuro en lo alto, era
una sensación eufórica y estimulante. El viento estaba helado, pero la caminata
lo había mantenido en calor.
Pensó
en su padre. Esa noche, esa última noche de Acción de Gracias, había sido una
prueba. Si hubiera ido su padre, si hubiera estado sobrio y hubieran ido juntos
a cenar, Joey se habría dado otra oportunidad. Pero no había ido, porque ya era
demasiado tarde para ambos.
Además,
estaba cansado de intentarlo, cansado de ver esas miradas inquisidoras y
desconfiadas en el rostro de su madre, de ver lo angustiado y preocupado que
estaba Donald. No podía soportar que lo culparan de nada más. Cuando hubiera
acabado con todo eso, ya no habría razón alguna para que Donald y su madre
discutieran por él. No tendría que preocuparse por que Donald abandonara a su
madre y al bebé por su culpa.
Y
su padre ya no tendría que pagar la manutención.
La
barandilla del puente de Calvert Street era resbaladiza, pero los guantes que Joey
llevaba habían sido una compra excelente.
Todo
lo que deseaba era estar en paz. La muerte era un descanso. Había leído mucho
sobre la reencarnación, sobre la posibilidad de volver siendo algo mejor, una
persona mejor. Lo esperaba con impaciencia.
Sentía
la nieve empujada por el viento, copos fríos, casi cortantes, como un azote en
la cara. Veía la vaharada de su aliento saliendo con lentitud y regularidad en
la oscuridad. Bajo él, los árboles con las copas blancas y la corriente helada
del Rock Creek.
Había
sopesado con tranquilidad otras formas de suicidio. Si se cortaba las venas,
tal vez se asustara al ver la sangre y no se atreviera a terminar. Por otro
lado, había leído que los que tomaban una sobredosis de pastillas a menudo las
vomitaban y solo conseguían enfermar.
Además,
el puente estaba bien. Era limpio. Por un momento, por un largo momento,
creería estar volando.
Se
tranquilizó un instante y rezó. Deseaba que Dios le comprendiera. Sabía que a
Dios no le gustaban las personas que decidían matarse. Quería que esperasen
hasta que Él estuviera listo.
Pues
bien, Joey no podía esperar, y confiaba en que Dios y todos los demás lo
comprendieran.
Pensó
en la doctora Court y le supo mal no cumplir sus expectativas. Joey sabía que
su madre se iba a entristecer, pero aún le quedaban Donald y el bebé. Pronto se
daría cuenta de que era lo mejor para todos. Y su padre... su padre simplemente
se emborracharía de nuevo.
Joey
mantuvo los ojos abiertos. Quería ver pasar los árboles a toda velocidad.
Respiró profundamente, contuvo el aire y saltó.
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