No More Excuses

No More Excuses [“Es justamente la posibilidad de realizar un sueño lo que hace que la vida sea interesante.”]

viernes, 31 de mayo de 2013

Polos Opuestos (Extracto Novela Nora Roberts)

Acababa de empezar a nevar cuando Joey salió por la puerta de atrás. Como sabía que chirriaba, la acompañó con cuidado hasta oír que se cerraba. Se había acordado de coger los guantes, e incluso de ponerse el gorro de esquí azul. En lugar de las botas, se calzó las zapatillas de baloncesto. Eran sus favoritas.
            Nadie lo vio salir.
            La madre y el padrastro estaban en el estudio. Sabía que discutían por él, porque siempre que lo hacían hablaban en voz baja y usaban ese mismo tono nervioso y susurrante.
            Creían que él no se daba cuenta.
            Su madre había horneado un pavo con guarniciones de todo tipo. Durante la cena estuvo hablando con alegría, con demasiada alegría, de lo bonito que era pasar Acción de Gracias solo con la familia. Donald bromeó sobre los restos de la cena y se jactó de la tarta de calabaza que él mismo había preparado. También habían tomado salsa de arándanos y mantequilla de la buena, con unos cruasanes pequeños y esponjosos que doraron al horno.
            Había sido la peor comida de su vida.
            Su madre no quería que tuviera problemas. Quería que fuera feliz, que le fuera bien en el colegio y que saliera a jugar al baloncesto. En definitiva, que fuera normal. Esa era la expresión que su madre le había dicho en voz baja y angustiada a su padrastro. «Solo quiero que sea normal.»
            Pero él no era normal. Joey suponía que su padrastro de alguna forma lo entendía, y por eso discutía con su madre. No era normal. Era un alcohólico, igual que su padre.
            Y su madre decía que el padre era un indeseable.
            Joey comprendía que el alcoholismo era una enfermedad. Comprendía lo que era la adicción y que no tenía cura, solo un período de recuperación continuo. También sabía que había millones de alcohólicos, y que era posible ser uno de ellos y llevar la vida normal que tanto quería su madre para él. Requería aceptarlo, esforzarse y cambiar. Pero a veces se cansaba de hacer el esfuerzo. Y si le decía a su madre que estaba cansado, ella se enfadaría.
            También sabía que el alcoholismo podía heredarse. Él lo había heredado de su padre, como también había heredado aquello de ser un indeseable.
            Salió de su pulcro y agradable barrio, donde las calles permanecían tranquilas. Los copos de nieve ondeaban en los haces de luz de las farolas como las hadas de los cuentos que su madre le leía años atrás. Se veían las ventanas iluminadas donde las familias compartían la cena de Acción de Gracias o descansaban frente al televisor después del copioso banquete.
            Su padre no había ido a verle.
            Tampoco había llamado.
            Joey pensó que entendía por qué su padre ya no lo quería. Él le recordaba a la bebida, a las peleas, a los malos tiempos.
            La doctora Court le dijo que él no era el culpable de la enfermedad de su padre. Pero Joey imaginaba que si este le había transmitido la enfermedad a él, también era probable que él se la hubiera pasado a su padre.
            Recordó estar estirado en la cama, sabiendo que era tarde, y oír a su padre gritar con esa voz espesa y grotesca que se le ponía cuando bebía mucho.
            —En lo único que piensas es en el niño. Nunca piensas en mí. Desde que lo tuvimos ya nada es lo mismo.
            Luego lo oía llorar, sollozos estentóreos que de alguna manera eran peor que la cólera.
            —Lo siento, Lois. Te quiero, te quiero tanto... Es que estoy muy agobiado. Esos cabrones del trabajo nunca me dejan en paz. Si Joey no necesitara unos zapatos nuevos cada dos por tres, mañana mismo los mandaría a la mierda.
            Joey esperó a que pasara un coche a toda velocidad, luego cruzó la calzada y se dirigió al parque. La nieve caía en copos gruesos, como una cortina blanca zarandeada por el viento. El aire helado le había enrojecido las mejillas.
            Antes pensaba que si no hubiera necesitado zapatos nuevos, su padre no habría tenido que emborracharse. Luego se dio cuenta de que sería más fácil para todos sin él. Así que a los nueve años escapó. Pasó miedo porque se perdió, oscureció y se oían ruidos. La policía lo encontró al cabo de unas horas, pero a Joey le parecieron días.
            Su madre lloraba y su padre lo estrechó entre sus brazos. Todos hicieron promesas con la intención de cumplirlas. Y las cosas mejoraron, durante un tiempo. Su padre fue a Alcohólicos Anónimos y su madre reía más a menudo. Esa fue la Navidad que a Joey le regalaron la bicicleta y pasó horas con su padre corriendo al lado, agarrándole el sillín con la mano. No lo dejó caer ni una sola vez.
            Sin embargo, justo antes de Pascua su padre empezó otra vez a volver tarde a casa. Su madre siempre tenía los ojos enrojecidos y ya no reía. Una noche, su padre viró demasiado al aparcar el coche en la entrada y no vio la bicicleta. Entró en casa gritando, y Joey se despertó entre improperios y acusaciones. Quería levantarlo y sacarlo a la calle para que viera lo que había provocado con su negligencia. Pero su madre se interpuso.
            Aquella fue la primera noche en que oyó cómo le pegaba.
            Si hubiera dejado la bicicleta a un lado en vez de soltarla en el césped, al lado de la entrada, su padre no la habría arrollado. Y entonces no se habría enfadado tanto. No habría pegado a su madre ni le habría dejado un ojo morado que ella trataba de ocultar con maquillaje.
            Aquella también fue la primera noche que Joey probó el alcohol.
            No le gustó el sabor. Le quemó los labios y le revolvió el estómago. Pero después de darle tres o cuatro tragos a la botella, se sentía protegido por una fina pantalla de plástico. Ya no tenía ganas de llorar. Volvió a la cama con un zumbido agradable y tranquilizador en la cabeza. Y se durmió al instante, sin soñar nada.
            Desde aquella noche, siempre que sus padres se peleaban, Joey utilizaba el alcohol como anestésico.
            Luego llegó el divorcio como terrible culminación de la escalada de peleas, gritos e insultos. Un buen día su madre fue a buscarlo al colegio y lo llevó en coche a un apartamento pequeño. Allí le explicó, con tanta tranquilidad como pudo, por qué dejaban de vivir con el padre.
            Joey se avergonzó, se avergonzó horriblemente, porque se alegraba.
            Empezaron una nueva vida. Su madre volvió a trabajar. Se cortó el pelo y dejó de llevar el anillo de casada. Pero Joey seguía advirtiendo el delgado círculo de piel blanca que la alianza había cubierto durante más de una década.
            Aún recordaba la mirada ansiosa y suplicante de su madre mientras le explicaba lo del divorcio. Tenía tanto miedo de que él la hiciera responsable que justificó aquella decisión que la sumía en la culpa y la incertidumbre diciéndole aquello que ya sabía. Pero oírlo de su boca hizo añicos la única y débil defensa que a Joey le quedaba.
            También recordaba perfectamente el llanto desesperado de su madre la primera vez que encontró a su hijo de once años borracho al llegar del trabajo.
            El parque estaba en silencio. La nieve había cuajado en una capa blanca, fina y consistente. En una hora sus huellas habrían desaparecido. Joey pensó que era mejor así. Copos grandes y suaves se descolgaban de las ramas de los árboles y reposaban sobre los arbustos, frescos y brillantes. También se derretían en su rostro y le dejaban la piel húmeda, pero no le importaba. Se preguntó, aunque solo fugazmente, si su madre habría ido ya a la habitación y descubierto su ausencia. Le daba pena decepcionarla, pero sabía que así facilitaría las cosas a todo el mundo. Empezando por él mismo.
            Esa vez no tenía nueve años. Y tampoco tenía miedo.
            Había asistido a las reuniones de Alateen y Alanon con su madre. Pero no tuvieron ningún efecto sobre él. No lo permitió, porque no quería admitir que le avergonzaba ser como su padre.
            Luego apareció Donald Monroe. Joey quería alegrarse de que su madre volviera a ser feliz, pero se sentía culpable por aceptar tan fácilmente un sustituto del padre. Su madre volvía a ser feliz y él se alegraba, porque la quería mucho. En cambio su padre estaba cada vez más amargado, y eso le entristecía, porque también a él lo quería mucho.
            Su madre se casó, cambió de nombre, y Joey y ella dejaron de llevar el mismo. Se mudaron a una casa de un barrio acomodado. La habitación de Joey daba al patio trasero. El padre se quejaba del pago de la manutención.
            Cuando empezó la terapia con Tess, Joey tenía como misión emborracharse todos los días y empezaba a contemplar la idea del suicidio.
            Al principio no le gustaba ir. Pero ella no lo atosigaba, ni lo presionaba, ni tampoco fingía comprenderlo. Se limitaba a hablar. Cuando Joey dejó de beber, ella le regaló un calendario que llamó «el calendario eterno», uno que podría utilizar siempre.
            —Hay algo de lo que puedes estar orgulloso hoy, Joey. Y cada día, cuando te levantes por la mañana, tendrás algo de lo que estar orgulloso.
            A veces, la creía.
            Ella nunca le dirigía esa fugaz mirada de recelo cuando entraba en la consulta, esa mirada típica de su madre. La doctora Court le había dado el calendario y confiaba en él. Su madre, no obstante, aún parecía esperar que la decepcionara. Por eso lo había cambiado de colegio. Y también por eso no le dejaba salir con sus amigos.
            «Harás nuevos amigos, Joey. Solo quiero lo mejor para ti.»
            Lo único que quería era que no fuera como su padre.
            Pero sí lo era.
            Y si algún día, cuando fuera mayor, tuviera un hijo, sería igual que él; una historia de nunca acabar. Era como una maldición. Había leído algo sobre las maldiciones. Pasaban de generación en generación. A veces podían exorcizarse. Uno de los libros que guardaba bajo el colchón explicaba la ceremonia para exorcizar al demonio. Una noche que su madre y Donald habían ido a una cena de negocios la llevó a cabo paso a paso. Al acabar, sintió que nada había cambiado. Aquello fue la prueba de que la maldad, el indeseable que albergaba en su interior, era más fuerte que la bondad.
            A partir de ese momento empezó a soñar con el puente.
            La doctora Court quería llevarlo a un lugar donde comprendían a las personas que tenían sueños sobre la muerte. Encontró los folletos que su madre había tirado; parecía un lugar agradable y tranquilo. Joey los guardó, porque le consideró mejor que ese colegio nuevo que tanto odiaba. Casi se había armado de valor para hablar de ello con la doctora Court cuando su madre le anunció que ya no era necesario que fuera a verla.
            Él quería ver a la doctora Court, pero su madre le respondía con esa sonrisa nerviosa y resplandeciente.
            Ahora estaban en casa discutiendo por eso, discutiendo por él. Siempre era por su culpa.
            Su madre iba a tener un bebé. Ya estaba eligiendo los colores para la habitación del niño y decidiendo el nombre. Joey pensó que sería divertido tener a un bebé en casa. Se alegró cuando Donald le pidió ayuda para pintar la habitación.
            Más tarde, una noche, soñó que el niño estaba muerto.
            Quería explicárselo a la doctora Court, pero su madre le dijo que ya no necesitaba verla.
            La superficie del puente resbalaba a causa de la capa de nieve. Las huellas de Joey eran agujeros largos e indefinidos. Oía el ruido del tráfico bajo el puente, pero se dirigió al lado que daba al arroyo y a los árboles. Llegar a esa altura, por encima de los árboles, con el cielo tan oscuro en lo alto, era una sensación eufórica y estimulante. El viento estaba helado, pero la caminata lo había mantenido en calor.
            Pensó en su padre. Esa noche, esa última noche de Acción de Gracias, había sido una prueba. Si hubiera ido su padre, si hubiera estado sobrio y hubieran ido juntos a cenar, Joey se habría dado otra oportunidad. Pero no había ido, porque ya era demasiado tarde para ambos.
            Además, estaba cansado de intentarlo, cansado de ver esas miradas inquisidoras y desconfiadas en el rostro de su madre, de ver lo angustiado y preocupado que estaba Donald. No podía soportar que lo culparan de nada más. Cuando hubiera acabado con todo eso, ya no habría razón alguna para que Donald y su madre discutieran por él. No tendría que preocuparse por que Donald abandonara a su madre y al bebé por su culpa.
            Y su padre ya no tendría que pagar la manutención.
            La barandilla del puente de Calvert Street era resbaladiza, pero los guantes que Joey llevaba habían sido una compra excelente.
            Todo lo que deseaba era estar en paz. La muerte era un descanso. Había leído mucho sobre la reencarnación, sobre la posibilidad de volver siendo algo mejor, una persona mejor. Lo esperaba con impaciencia.
            Sentía la nieve empujada por el viento, copos fríos, casi cortantes, como un azote en la cara. Veía la vaharada de su aliento saliendo con lentitud y regularidad en la oscuridad. Bajo él, los árboles con las copas blancas y la corriente helada del Rock Creek.
            Había sopesado con tranquilidad otras formas de suicidio. Si se cortaba las venas, tal vez se asustara al ver la sangre y no se atreviera a terminar. Por otro lado, había leído que los que tomaban una sobredosis de pastillas a menudo las vomitaban y solo conseguían enfermar.
            Además, el puente estaba bien. Era limpio. Por un momento, por un largo momento, creería estar volando.
            Se tranquilizó un instante y rezó. Deseaba que Dios le comprendiera. Sabía que a Dios no le gustaban las personas que decidían matarse. Quería que esperasen hasta que Él estuviera listo.
            Pues bien, Joey no podía esperar, y confiaba en que Dios y todos los demás lo comprendieran.
            Pensó en la doctora Court y le supo mal no cumplir sus expectativas. Joey sabía que su madre se iba a entristecer, pero aún le quedaban Donald y el bebé. Pronto se daría cuenta de que era lo mejor para todos. Y su padre... su padre simplemente se emborracharía de nuevo.

            Joey mantuvo los ojos abiertos. Quería ver pasar los árboles a toda velocidad. Respiró profundamente, contuvo el aire y saltó.

miércoles, 1 de mayo de 2013

Liberar la Conciencia Entre Unas Copas de Vino


Una de las formas de liberar pesos de mi mochila era tratando de sacar aquello que me aquejaba y daba mil vueltas en mi cabeza, así que una noche le dije a mi amigo que se pusiera guapo y nos fuimos a un restaurant de la ciudad, luego de unos meses de hablar por teléfono al fin estaba nuevamente en la ciudad y era el momento de sacar los secretos guardados, hablamos de su práctica en el hospital de su vida en pareja y de la mía y de nuestro pasado en común, la comprensión estaba presente y no tuve temor alguno de decirle que me había enamorado del mismo hombre que él amo y sus palabras fueron sabias contra todos mis pronósticos, me hizo ver nuevas aristas y al fin el pasado quedó asentado ya que procuro regir mi vida bajo la política de la sinceridad  y fue un gran paso adelante. "Los amigos se perdonan y ya, no se dan oportunidades" eso quedó en mi cabeza y luego de meditarlo no puedo negar la razón en sus palabras, y es que era tan sencillo y me costó mucho tiempo darme cuenta y sin él no hubiese sido posible, en este punto de mi vida puedo decir que ya di los pasos necesarios para sanar mis heridas, estando todo en proceso de cicatrización y la vida simplemente es más cálida y maravillosa. Actualmente, me doy respiros y avanzo a pasos firmes aunque no puedo negar que algunas veces llegan los recuerdos y siento la necesidad de retomar esos lazos y llenarme de esa familiaridad de antaño, de compartir charlas y momentos de ocio, pero ya ninguno es igual al del pasado y las disposiciones no son las mismas, fue una de las pruebas más duras de mi existencia porque creía que lo estaba haciendo bien pero eso no fue lo reflejado en los resultados, ahora sé que es parte de la vida y el conjunto de circunstancias, fueron momentos complejos que sirvieron para madurar, increíble que cada año  se aprenden muchas cosas y que día a día se crece un poco más sé que habrán momentos en los que la nostalgia golpeará mi puerta pero ya me siento lista para sobre llevarlo, al menos sé que no me desmoronaré como en esos viejos tiempos, fui sincera con todos, hice los intentos necesarios para remendar el pasado, ya no tengo deudas pendientes, sólo me queda vivir con mi presente y esforzarme para tener ese futuro que veo brillar frente a mis ojos.